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Dame tu mano

Dame tu mano. Dame tu mano y ven junto a mí a pasear por el jardín de la vida. Dame tu mano y andando hagamos el camino que va ascendiendo paso a paso desde la raíz, donde el fuego duerme, hasta la flor del Eterno Ahora.Tú y yo; yo y ascendiendo, esperando llegar a la cima para podernos besar, para podernos sentir Uno.He medido los momentos uno a uno. He tomado el aliento necesario hecho luz. He avivado la llama dormida y con sumo Amor la he dirigido a tu encuentro. Y pasando por la tierra, por el agua, por el fuego y el aire he llegado hasta el éter inmortal donde te reconozco.Ven, dame tu mano y en silencio busquemos el perfume del mirto y la luz del atardecer cuando los sentidos se vuelven ciegos y una honda quietud allana el tiempo del corazón. Ven y dame tu mano llena de calor amoroso que la retenga entre mis latidos para sentirme al sentirte. Para acariciarme al acariciarte.Ven, dame tu mano…

La amarga despedida

Te digo adiós, y acaso te quiero todavía.
Quizá no he de olvidarte, pero te digo adiós.
No sé si me quisiste… No sé si te quería…
O tal vez nos quisimos demasiado los dos.

Este cariño triste, y apasionado, y loco,
me lo sembré en el alma para quererte a ti.
No sé si te amé mucho… no sé si te amé poco;
pero sí sé que nunca volveré a amar así.

Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo,
y el corazón me dice que no te olvidaré;
pero, al quedarme solo, sabiendo que te pierdo,
tal vez empiezo a amarte como jamás te amé.

Te digo adiós, y acaso, con esta despedida,
mi más hermoso sueño muere dentro de mí…
Pero te digo adiós, para toda la vida,
aunque toda la vida siga pensando en ti.

La voz a ti debida

No quiero que te vayas
dolor, última forma
de amar. Me estoy sintiendo
vivir cuando me dueles
no en ti, ni aquí, más lejos:
en la tierra, en el año
de donde vienes tú,
en el amor con ella
y todo lo que fue.
En esa realidad
hundida que se niega
a sí misma y se empeña
en que nunca ha existido,
que sólo fue un pretexto
mío para vivir.
Si tú no me quedaras,
dolor, irrefutable,
yo me lo creería;
pero me quedas tú.
Tu verdad me asegura
que nada fue mentira.
Y mientras yo te sienta,
tú me serás, dolor,
la prueba de otra vida
en que no me dolías.
La gran prueba, a lo lejos,
de que existió, que existe,
de que me quiso, sí,
de que aún la estoy queriendo.

P. Salinas

Gracias, compañero, gracias

por el ejemplo. Gracias porque me dices

que el hombre es noble.

Nada importa que tan pocos lo sean:

Uno, uno tan sólo basta

como testigo irrefutable

de toda la nobleza humana.

Cuanto más me busco, más me pierdo.

Cuanto más me pierdo, más me quiero encontrar.

Y en el fondo se que estoy yo sólo en mi interior,

sentado en la arena de una soleada playa de desesperación.

En mi interior siento algo parecido a lo que denomino

“Síndrome odiseico”. La lucha por el saber frente al olvido.

Rememoro continuamente el pasaje de la “Odisea” en el que

Ulises atado a un mástil escucha el canto de las sirenas.

¿Qué puedo esperar de todo cuanto me rodea?

Nada. Sólo aquello que despierte en mi interior

a mi yo dormido, aletargado…

¿Ganar? ¿Para qué? No necesito ganar.

A la tumba me llevaré lo que yo desee y elija,

ningún premio o medalla me servirá.

Tampoco necesitaré esa palabrería de charlatanes

de feria que se creen sabios.

Aquí estoy yo, guerreando con armas de barro

en una batalla que se que no puedo ganar.

Cuando el reloj muerda mis horas, solo me quedará

el rumor de la batalla librada como un eco de libertad.

Algunas palabras son como avispas,

pican y dejan un lacerante escozor subcutáneo, interior.

Mejor es ahumar el avispero de la mente:

¿Claridad de ideas? Avispero vacío.

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